Mercè Torres Fuentes

VIVENCIAS

Mercè estuvo en la Casa de la Misericordia de Barcelona de 1960 a 1968.

Mercè Torres Fuentes nació en Vilanova de Bellpuig, provincia de Lleida el 24 de septiembre de 1952. La vida en el pueblo era muy dura y con poco futuro, por eso cuando ella tenía tres o cuatro años su padre se trasladó con toda la familia, abuelos y tíos incluidos, a Barcelona. Cuando llegaron, como no tenían dónde vivir, su madre que era de Barcelona, fue a casa de sus antiguos “señoritos” y estos, le ofrecieron un piso que tenían vacío a cambio de que ella volviera a trabajar de criada para ellos. Su padre era muy trabajador, trabajaba día y noche, pronto encontró trabajo en el Hospital Clínico y también hacía de barbero. Unos años más tarde, la familia de Mercè estaba instalada en un piso de la calle Daoiz y Velarde, en Sants. Ella iba a un colegio privado, la Academia del Sagrado Corazón, porque en la escuela del Ayuntamiento le dijeron a su padre que “esta niña prometo mucho…”. Todo iba bien, pero el 1 de septiembre de 1960, la vida de Mercè dio un giro de 180º. Aunque su familia no lo necesitaba económicamente, su padre, seguramente porque ya estaban dos de sus primas y debió de encontrarlo natural, decidió llevarla a ella y a su hermano mayor, a la Casa de la Misericordia.

El año 1581 el sacerdote y catedrático de la Universidad de Barcelona, Diego Pérez de Valdivia, fundó la Casa de la Misericordia para auxiliar a las personas necesitadas de la ciudad. El 1684 el Consell de Cent acordó que su dedicación se concretara en dar acogida a “doncellas necesitadas de amparo”, desde entonces ha llevado a cabo una tarea asistencial. En 1984 se constituyó la Fundación Casa de la Misericordia.

Aquel día fueron al despacho del padre Malaquías, que era el capellán de la Casa [se refiere al sacerdote Malaquías Zayas Cuerpo (Soria 1918 – Barcelona 2011), prior de la casa de la Misericordia, canónigo de la Catedral de Barcelona y presidente del Tribunal Eclesiástico de Barcelona durante 1975-1993], él habló con sus padres y les dijo que el chico, mejor que no lo ingresaran, pero la niña podía quedarse, y Mercè ya no salió, del despacho pasó a la Casa de la Misericordia. “Entré mientras él marchaba con mis padres” recuerda, pero piensa que fue una suerte para su madre no perder los dos hijos a la vez. Su madre sufría mucho por ella y casi perdió la salud de pena y añoranza. “La vida a la Casa de la Misericordia era muy triste, muy triste… porque no eras nada” dice Mercè.  “Allí te ponían una leche llena de grumos, allí la sopa tenía gusanitos y se metían entre los dientes” continúa explicando. La Casa estaba formada por varios edificios separados por grandes patios, que “daba un miedo tremendo” atravesarlos sola, porque los pasos resonaban sobre las piedras.

Una vez dentro le dieron un número, el 61, como al resto de niñas internas, era lo que las identificaba. La vida de las niñas estaba completamente organizada, se levantaban a las cinco de la mañana y tras pasar por el peinador iban a misa. Después desayunaban, la leche con grumos y una rebanada delgada de pan de payés con un trocito de chocolate, después hacían el trabajo de la casa que les tocara, eran los oficios, que se repartían en función de como creían que eras. A las nueve en punto iban a clase, las monjas eran las que hacían de maestras pero tenían poca formación, alguna incluso leía con dificultad o se quedaba dormida a media clase. No fue hasta después del Concilio [Concilio Vaticano II, 1962-1965], que llegaron sor Marina y sor Basilisa, que ya tenían carrera. Las clases duraban hasta que tocaba el ángelus a las doce en punto que era cuando iban a comer. La comida era de mala calidad, generalmente estaba picada, tenía gusanitos, también les daban anchoas, que a la Mercè no le gustaban y las guardaba en el bolsillo o en el cajón, porque no podían dejar nada. Cuando salió, pidió a su madre que le hiciera acelgas, porqué “si ellas [las monjas] las comían debía ser una comida buena”. Después había un rato de patio e iban a la clase de costura, allí se hacían la ropa interior, las braguitas, los visos, y un día a la semana se ocupaban de zurcir su ropa, que cada una tenía marcada a punto de cruz con su número. También cosían la ropa de las monjas y cosían el ajuar para novias de la burguesía catalana. A media tarde merendaban en el patio, un trozo de pan con un poco de mermelada o chocolate, o las naranjas tocadas que les enviaban del Born, como tenían hambre se las comían aunque estuvieran medio desechas. Acabada la merienda iban a estudiar hasta las siete de la tarde, que era cunado cenaban y a las nueve ya estaban en la cama para dormir.

Esta rutina sólo se rompía para ir a ver la Pasión de Olesa, de Cervera y del Metropolitano, esta la hacían los trabajadores del metro en un local que tenían en la calle Badal, en Sants. A primeros de junio marchaban a una torre de Sant Andreu de Llavaneres ubicada cerca del cementerio, por eso los habitantes del pueblo las llamaban “las niñas del cementerio”. Estaban hasta primeros de septiembre y entonces podían ir unos días a casa, más o menos desde el 15 al 25 de septiembre y ya no tenían ninguna fiesta más hasta el 15 de diciembre que iban payasos y les daban una coca-cola en botella de vidrio. En Navidad también podían pasar unos días con la familia, salían después de la Misa del Gallo y no volvían hasta la vigilia de Reyes por la mañana. Mercè recuerda el día de Reyes, “entonces corrías, entrabas en el comedor y veías tooodo de juguetes encima la mesa” los juguetes siempre eran iguales, una pelotita, un muñequito de plástico, una libreta, un lápiz y una goma, un peine… Pero esto no era igual para todo el mundo, las sobrinas de las monjas que estaban en la Casa, sí que recibían regalos bonitos, que eran la envidia del resto de las niñas. La familia tenía visita este día y les traían los regalos de reyes, podían quedarse con una cosa, pero preferían no quedarse con nada, no fuera caso que alguien se lo quitará.

El uniforme, era una bata de nailon a cuadros blancos y rosas y blancos y azules, tenían dos batas para pasar la semana, un viso, un par de calcetines, unas braguitas, y en invierno una camiseta afelpada y una rebeca que le hacía su madre, pasaban mucho frío. El único extra eran los tres “paños” de toalla que les daba sor Ángela, cuando tenían la menstruación. El domingo cada una cogía los suyos y los lavaba. Mercè aún siente el olor que hacían. Aunque ellas tampoco debían de hacer muy buena olor, pues sólo se duchaban y se lavaban la cabeza dos veces al año, por Semana Santa y por Navidad. En la Casa de la Misericordia había internas más de cien niñas y estaban a cargo de ocho monjas, pero las que se ocupaban de las niñas eran tres, sor Ángela, sor Eduvigis y sor Rosalía, la peor de todas era sor Ángela, ella le pegó una paliza a Mercè que le hizo perder audición en uno de los oídos. A partir de aquel momento le hizo la vida imposible. Los castigos eran habituales, acostumbraban a ser “de rodillas, brazos en cruz” y las que se hacían pipi en la cama debían llevar la sábana envuelta a la cabeza hasta que se secara. Así las avergonzaban. Allí, cuando una niña se ponía enferma, la dejaban en cama todo el día, sin comida y sin que nadie se ocupara de ella. Pasados unos días o se curaba o… Mercè estuvo enferma y hasta que no vieron que era grave no avisaron al médico. Una vez, una de las niñas que de pequeña había tenido la polio, empezó con tos, un día y otro, con más tos cada vez, hasta que se murió, y la velaron toda la noche, con la niña en el ataúd y los cirios iluminando la capilla que parecía inmensa.

Mercè entró en la Casa de la Misericordia con ocho años y salió con dieciséis, pasó ocho años entre aquellas paredes, una eternidad para una niña, ella pensaba que no lo resistiría, pero lo resistió y cuando salió, descubrió que era muy fuerte y que el mundo era maravilloso. Recuperó a su madre, que tanto había añorado, y la vida familiar. Mercè tiene la satisfacción de haberla podido cuidar hasta el último momento. Hoy, aunque no olvida aquellos años oscuros, es una mujer feliz, tiene un marido y una hija que la adoran, se ocupa de su padre y siempre está rodeada de gente que la quiere…

Mercè (la chica de la izquierda) en la Casa de la Misericordia de Barcelona. 1960-1968
Patio de la Casa de la Misericordia de Barcelona. 1960-1968
Mercè en la Casa de la Misericordia de Barcelona. 1960-1968
Mercè en la Casa de la Misericordia de Barcelona. 1960-1968
Mercè con su madre
Mercè en el día de su Comunión (Años 60)
Libro Mensajera que utilizó Mercè en la Casa de la Misericordia de Barcelona. 1960-1968
Libro Mensajera que utilizó Mercè en la Casa de la Misericordia de Barcelona. 1960-1968
Libro Mensajera que utilizó Mercè en la Casa de la Misericordia de Barcelona. 1960-1968
Portada del libro Nuestra Oración Comunitaria (1963) que utilizó  Mercè en la Casa de la Misericordia de Barcelona. 1960-1968

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